Es de esos libros que hacen que te preguntes un montón de cosas; que te plantees situaciones que nunca has vivido e intentes entender cómo actuarías si ocurriera esto o lo otro. Pensaba que era un libro sobre la Guerra Civil, pero casi es un “extra” en esta historia. Es más una historia de amor, o mejor; dos historias de amor.

El protagonista, Ignacio Abel, es un arquitecto de buena reputación en Madrid, encargado de las obras de la Ciudad Universitaria, casado (su mujer se llama Adela) y con dos niños. Su vida es tranquila y más bien monótona, pero vive para su trabajo ya que su vida familiar no le aporta felicidad. He aquí el primer encontronazo que tuve con él: ¿por qué no es lo suficientemente valiente como para separarse de una vida que no quiere llevar? Pero puede ser tan simple como que Ignacio Abel no se había dado cuenta, hasta ahora, de que esa no era su vida.
Se enamora, por primera vez a sus casi 50 años de una norteamericana, como si de repente le hubieran puesto un nuevo órgano en el cuerpo que comenzara ya mismo su función. Se llama Judith Biely. Y puede ser en ese momento cuando comprende que no quiere a su mujer.
Es curioso que cuando uno se enamora, todo a su alrededor deja de existir y el único tiempo que cuenta es el que pasamos con la persona amada. Ignacio de repente no ve que Adela sufre, no ve los asesinatos en plena calle, no ve las huelgas de trabajadores, no ve que delante de sus narices se fraguan los dos bandos de la guerra… Sólo vive para Judith.
Me he recreado en el encanto que debió tener aquella época. Me refiero a los años 30: los cafés de moda, los primeros coches y los viajes únicamente en tren; los hombres y las mujeres de la época con esa ropa tan elegante, tan educados…
La otra historia de amor a la que me refería al principio es la de la propia Adela. Ella quiere a Ignacio, pero ahora ya no tiene opción de ser correspondida. Qué difícil debe de ser amar a alguien que no comparte tus sentimientos; la impotencia de pensar que, por mucho amor que profeses, no es recíproco.
La relación entre los amantes termina y entonces Ignacio se ve envuelto de sopetón en una guerra que no es la suya. Comparte la ideología de la República, incluso está afiliado a la UGT, pero no quiere saber nada de las atrocidades que se están cometiendo en “su” bando. Visto desde al año 2010 parece que sería obligatorio luchar por tus ideales pero, con el término luchar, yo no me refiero a matar a la gente. Entonces ¿cómo se puede luchar en la situación en la que se vio envuelto nuestro país? Obviamente no podemos decir lo que hubiéramos hecho nosotros en el lugar de nuestros antepasados, porque no hemos vivido esa situación y no tenemos ni la más remota idea de lo que fue. Yo, seguramente, hubiera preferido huir de las atrocidades que se vivieron, aunque a ojos de los demás fuera una cobarde pero, ¿y si se quedaran las personas a las que quiero? La elección sería morir con los que quieres o vivir sin ellos, y surgiría un debate interminable que no serviría para nada porque nunca hemos hecho esa elección en la vida real.
Ignacio se marcha. Huye con la excusa de un proyecto en Estados Unidos; una huída enmascarada. ¿Se hubiera marchado si Judith no hubiera regresado a su país?
En España todo es un caos; las tropas republicanas están compuestas prácticamente por adolescentes a los que envían al frente casi con lo puesto, sin preparación, engañados con noticias de falsas victorias en diferentes capitales; por patrullas nocturnas que se encargan de ir casa por casa para registrar a supuestos fascistas y luego fusilarles en las afueras de Madrid, por camiones de basura que recogen los cadáveres por la mañana… Eso era la guerra.
Quizás para Ignacio la guerra seguiría sin existir si hubiera continuado con Judith.
El final del libro queda, a mi entender, muy abierto. Vamos, que ni “fueron felices y comieron perdices” ni “se murieron todos y punto”. Te deja pensando en qué pasará después; al año siguiente por ejemplo, o en 1939… Me gusta pensar que los personajes siguen vagando por el mundo, en algún otro país que sea más suyo que este.
Podéis ver una entrevista a Muñoz Molina aquí.
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